Seguimos las crónicas de David y Claudia por América del Sur. En la última crónica los dejamos en Buenos Aires, allí disfrutaron de un asado de tira, se maravillaron con el Tango en el Café Tortoni y desayunaron ‘medias-lunas’.
De Buenos Aires saltan a Salta (jejeje). Desde Salta visitan Cabra Corral y el Parque Nacional de los Cardones. A medida que avanza la excursión se modifican los paisajes y la vegetación. De árboles a cactus. Nos sorprenden los cactus, seguro que los utilizan en su gastronomía. Hace un par de años, estuvimos en México y pudimos degustar cactus en diferentes platos y cocciones. Parece ser que por la zona de Cachi (Parque Nacional de los Cardones) antaño pasaban los gauchos con su ganado cruzando los Andes. No quiero ni imaginarme cómo se debió traducir ese hecho en la gastronomía de la zona. Carne riquísima y cactus bien carnosos.
Desde Salta también visitan el Cerro de los Siete Colores y las Grandes Salinas. En ese punto empiezan a coquear, es decir, a mascar coca. Parece que es inevitable debido a la altura.
El día que parten de Salta (Argentina) hacia Bolivia, en un bus nocturno, cenan unas empanadas de carne salteñas. No nos cuentan de qué estaban rellenas, pero seguramente su relleno era a base de carne de vacuno picadita a cuchillo, cebolla picada, pimentón dulce, ají molido, patatas peladas y hervidas, comido, huevos y sal gruesa; quizás también tenían aceitunas verdes o uvas pasas; vaya las típicas empanadas salteñas de Argentina.
Llegados a Bolivia desayunan en un comedor… y piden ¡bocadillos, café con leche y chocolate! ¿Pero será posible? Lo del café y el chocolate lo entiendo… son grandes productores, pero, chicos, ¿bocadillos? Espero que fueran de queso, que tienen un queso de cabra buenísimo.
Siguen su camino dirección Potosí (sur de Bolivia) y paran para comer en un lugar donde unas señoras a pie de calle de un pueblo, ofrecían la comida que habían preparado aquel día. Claudia y David, los dos, por algo más de 1€, se comieron un plato riquísimo de “Guiso de fideos”, algo así como nuestros fideos a la cazuela, dicen nuestros chicos.
Por la noche, reventados por el viaje, pero aún a 4 horas de llegar a Potosí vuelven a hacer parada y se hacen un homenaje… un plato de humitas (una pasta de masa de maíz cocido y aliñada con aceite, envuelta en hojas de una mazorca de maíz y finalmente tostada).
Parece que este ha sido uno de los peores trayectos debido a las horas, el incómodo bus, la carretera, seguro que al cansancio acumulado, la altura que tienen que lidiar mascando coca… pero nos hablan del paisaje del altiplano boliviano y como unas luces dibujan el perfil del Cerro Rico, rica explotación minera del pasado, a medida que se acercan a la ciudad.
Visitan Potosí, sus calles desniveladas, la Plaza 10 de Noviembre, la Catedral y después de una larga búsqueda de restaurantes (nos comentan que la oferta gastronómica es realmente escasa) encuentran el restaurante Potocchi. Tal cual entran, póster de Karl Marx. Se dijeron, quizás no comeremos bien, pero al propietario se le podrá dar cuerda. Y así fue, con la grata sorpresa que comen de manera excelente. De primero, comparten una sopa de quinoa y otras verduritas única y como segundo plato, carne de llama y un frito de patatas y cebolla bien finas. Potosí es extraña en muchos sentidos, pero especialmente en los lugares para comer, ya que cuesta encontrar gente en ellos. En el restaurant Potocchi solo estaban David y Claudia. Eso ayudó a que mientras degustaban la comida que habían preparado los hijos del amo, éste le diera al palique sobre el mundo y Bolivia. Esto es viajar... comer platos autóctonos y conversar con la gente del lugar.
Al día siguiente, excursión a las minas de Cerro Alto, donde parece que lo típico son los super-cigarros, alcohol de 96º y las hojas de coca. Los mineros, antes de entrar a las minas realizan su ritual. Cada hoja se coge por la cola, se rompe ésta con los dientes, se escupe la cola y la hoja se lleva hacia un lado de la boca. Las mejillas de los mineros llegan a ser muy voluminosas. Cuando los mineros se sienten preparados, es cuando se introducen en la boca del lobo.
Siguen su camino hacia Sucre, allí comen unos tamales y chicharrón, un plato boliviano compuesto de carne, tocino y cuero de cerdo preparado con la misma grasa del animal y mezclado con chicha, una bebida alcohólica ancestral elaborada de granos de maíz.
Visitan Sucre, una ciudad preciosa, una ciudad colonial con calles blancas. Y para cenar, algo más light, carne y batidos de fresa, enormes y buenísimos! Jajaja.
Siguen su marcha hacia La Paz, la capital de Bolivia. Y hasta aquí llega su segunda crónica, dejamos a nuestros intrépidos seguir con su viaje y esperamos ansiosos una nueva entrega de sus crónicas.
Os seguiremos contando.
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