miércoles, 28 de septiembre de 2011

Descubriendo América del Sur III y última

Seguimos (y acabamos con este post) las crónicas de David y Claudia por América del Sur. En la última crónica nos contaron sus pasos desde Salta hasta La Paz y los dejamos viajando hacia la capital boliviana.
La estancia en La Paz es muy corta, solo pueden destinar algunas horas para captar el ambiente que se respira pateando rápidamente El Prado hasta la iglesia de San Francisco. No nos cuentan qué comen, pero nos imaginamos que algo rápido, salteñas de pollo, seguramente.
Cogen un bus en La Paz, pasan por Copacabana y llegan hasta Puno (Perú) a orillas del Lago Titicaca. El puerto de Puno parece que es impresionante, los colores ocres contrastan con el azul del lago.
Para comer, pollo, pollo y pollo! Parece que hay un montón de restaurantes y puestos que ofrecen pollo para comer o llevar.
Desde Puno visitan las islas de Uros y Taquile en el lago. En Uros encuentran todas las artesanías habidas y por haber… y parece que es la turistada del día. Taquile es muy distinta, más extensa, auténtica, bucólica y con un menú muy chulo, sopa de verduras y pescadito.
Es hora de ir tirando hacia Cuzco. El paisaje es idílico, llanura de colores ocres, restas incas… y llegada a, quizás, la mejor joya colonial que existe. La Plaza de Armas es preciosa, también la catedral y la iglesia de la Compañía de Jesús. Las calles de Cuzco están impregnadas de historia, tanto las calles que desembocan en la Plaza de Armas como las más alejadas, donde encuentran un montón de puestos con mesas y sillas que ofrecen cuy peruano (una especie de rata domesticada), cabezas de cerdo, lengua de buey, y cosas similares. ¡Qué interesante tiene que ser hacer una cata con todos estos manjares! De vuelta al centro, entran en el bar donde hacen el mejor Pisco Sour de todo Perú, según una lugareña.
El día siguiente, visita a la joya de la corona, el Machu Picchu, la montaña vieja. Jornada de pelos-de-punta por lo que representa esta obra maestra de la arquitectura y la ingeniería, un santuario histórico, donde cultura y ecología se respiran sin cesar.   
Es el momento de coger el avión, Cuzco – Lima. Una vez en Lima, bus hacia Iquitos, la ciudad más grande de la Amazonia peruana, donde David tiene varias reuniones de trabajo en esa semana. El primer desayuno en el hotel es a base de pescado. Es lógico, el lugar está envuelto de ríos, lagunas… ¡y del Amazonas! Parece que el pescado será el ingrediente básico de todos los platos de esa semana en el área del Amazonas.
Por tema laboral, deben coger un barco que les lleva desde Iquitos hacia la comunidad de Lisboa surcando el Amazonas y el río Marañón. En cada parada del barco, las mujeres del lugar subían a él para vender comida preparada y bebidas. En la comunidad de Lisboa pasan la noche en casa de un contacto de David. Cenan humitas, una pasta de maíz molido, mezclado con cebolla y cilantro, hervida sobre la hoja de la mazorca.
Y de la comunidad de Lisboa con una canoa, se dirigen a la comunidad Dos de Mayo a través de una lengua del río Marañón y del lago San Pablo Tipischa. El viaje es de un color especial, pájaros de colores, selva amazónica. Dos de Mayo es un pueblo kukama, Reserva Nacional.
Llegados a Dos de Mayo, se acomodan en casa de otro contacto. De toda la descripción, nos llama la atención la cocina, está situada en la parte trasera de la casa, a la altura del suelo, en la cocina hay un montón de utensilios de cocina viejos y llenos de hollín al lado de unas parrillas con madera encendidas prácticamente todo el día. Para desayunar, como todas las comidas del área, el pescado es el ingrediente principal, y en este caso, lo acompañan de plátano y atol, una bebida que se obtiene de los alimentos que habitualmente se consumen: plátano, arroz, maíz, etc. David y Claudia nos cuentan que de las tres comidas que hacen en los dos días que están en la zona, siempre toman el pescado preparado de una manera diferente, de sabores y destreza culinaria siempre muy interesantes. Solo encuentran una pega, las espinas, dicen que es muy pesado poner en la boca pequeñas cantidades de pescado y acto seguido, los dedos, para sacar las espinitas. Alucinan con los 4 peques de la casa, de entre 7 y 2 años… comen el pescado con gran paciencia y autonomía. Algunos deberían de aprender de ellos, ¿verdad?
Y aquí cierran su última crónica. Ya solo les queda volver. 28 días, 7000 kilómetros por tierra, río y aire. Han conocido a mucha gente, realidades distintas, paisajes antagónicos, comidas sugerentes… eso es VIAJAR.
Desde Cuinàrium agradecemos mucho a David y Claudia que nos hayan dejado utilizar sus crónicas para contar a todos nuestros amigos su experiencia y acercarles un poquito más la cultura y la gastronomía de esa zona de América del Sur. ¡Un beso muy grande a los dos y bienvenidos a casa! 

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